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Esta semana revisé el caso de la Universidad de Colorado y me pareció el mejor ejemplo del año de cómo se ve el despliegue y aplicación de la inteligencia artificial.
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Los números primero. Un acuerdo a tres años con OpenAI. Hasta 100.000 estudiantes, docentes y personal administrativo con acceso a un entorno institucional de ChatGPT. Cuatro campus más la oficina del sistema. Dos millones de dólares anuales de licenciamiento, cubiertos por la universidad el primer año. Cada campus opera su propia instancia protegida y la autoridad del docente sobre su curso no cambia.
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Pero lo que me parece más útil de este caso no es la escala. Es la pausa.
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El plan original daba acceso a los estudiantes a finales de la primavera. El Consejo de Facultad pidió frenar. Hubo debate público sobre el contrato, sobre los datos y sobre qué significa para la evaluación que todo el campus tenga la misma herramienta. La universidad aceptó: mantuvo el acceso para docentes y personal según lo previsto, y aplazó el de los estudiantes hasta mediados de agosto. En el camino sumó un requisito que me parece la decisión más sensata de todo el proyecto: completar un curso de formación antes de recibir el acceso.
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El caso de la Universidad de Colorado no es una excepción solitaria. Así como esta universidad, instituciones referentes a nivel global —como Arizona State University y Purdue— han demostrado que el éxito en la adopción tecnológica no depende de la velocidad del despliegue, sino de la rigurosidad del proceso.
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A partir de estos ejemplos, las recomendaciones para cualquier institución educativa que quiera dar el salto son claras:
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Implementar una planeación rigurosa que involucre a los comités académicos desde el primer día.
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Diseñar un plan de formación y adopción secuencial (primero capacitar al equipo docente y administrativo antes de abrir el acceso masivo a los estudiantes).
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Establecer métricas de seguimiento claras para evaluar no solo el uso de la herramienta, sino la calidad del aprendizaje obtenido.
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Aquí es donde conecta lo que hacemos en CYK. Hacemos el acompañamiento a las instituciones para organizar el despliegue tecnológico alineado con lo pedagógico, estructurando esa planeación y el plan de formación con resultados medibles. De esta manera, la adopción de tecnología se vuelve una respuesta clara a las necesidades institucionales y no una tarea por cumplir con una nueva herramienta.
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